Discurso ante la tumba de Marx. Por: Friedrich Engels

El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero para siempre.

Es incalculable lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Pronto se hará sentir el vacío dejado por la muerte de este titán. Sigue leyendo

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¿Quién paga los impuestos?. Por: Eduardo Sartelli

El Estado se mantiene de varias maneras, la más común e importante es el cobro de impuestos. Son compulsivos, un hecho de fuerza, una imposición, de ahí que muchas revoluciones tienden a empezar como una rebelión contra los impuestos. Las otras fuentes de ingresos son los servicios públicos, los cánones por concesiones y permisos y el endeudamiento público. Pero por ahora no nos interesan. Vamos a concentrarnos en los impuestos, que siempre son motivo de protesta, primero porque hay que pagarlos y luego nadie sabe dónde van a parar.

En principio, y por ley, los impuestos deben ser pagados por todos. La “equidad tributaria”, el hecho de que el Estado debe ser “neutral”, obliga a que paguen todos. El pagar impuestos es constituyente de la ciudadanía y, en muchos lugares y durante mucho tiempo, era lo que deba derecho a votar. Habrá escuchado el lector en muchas películas yanquis como el ofendido ciudadano le grita al policía: “yo pago mis impuestos”. El ideal sistema impositivo burgués sería aquel en el cual se le cobra a cada uno el mismo monto impositivo, casi como la cuota de un club. Obviamente constituiría un abuso completo que a quien tiene fortunas incalculables se le cobre lo mismo que a cualquier infeliz. A ese tipo de impuestos suele llamárseles “regresivos”. Se dice, por ejemplo, que el IVA es un impuesto regresivo. Siendo un impuesto al consumo, que lo termina pagando el último eslabón de la cadena, tiende a hacer caer la carga impositiva total sobre la masa de la población, en especial a los más pobres. Es un impuesto que no contribuye a “igualar” a la población en términos económicos. Un impuesto “progresivo” sería el que produce ese efecto igualador: el impuesto a las ganancias, a los artículos de lujo, etcétera. En cualquier caso, sin embargo, el impuesto, lo pague quien lo pague, no es más que plusvalía. Si el que paga es un burgués, el impuesto no es más que una deducción de la plusvalía expropiada a los obreros. Cuando un burgués se queja de los impuestos protesta como si le hubiera sacado algo suyo y se olvida de que quien se lo saca no es más que la cooperativa de los capitalistas: el Estado, de la cual él mismo es socio. Se olvida también de que lo más probable es que esa cooperativa le retribuya con creces su aporte bajo la forma de “servicios” que, propagandizados como soluciones a problemas generales, son en realidad beneficios para la burguesía (como el “orden” y la “paz social”). También puede recibir esos beneficios en forma más directa con los subsidios a determinadas actividades o situaciones. ¿De qué se queja, entonces? De que se le ampute una porción de plusvalía. Es decir, como buen ladrón, no quiere compartir sus robos. Si el que paga es obrero, cualquier impuesto, progresivo o no, es una deducción del valor de su fuerza del trabajo, del salario. Cuando ese impuesto representa el pago por un servicio, es simple intercambio de fuerza de trabajo por ese servicio, pero cuando el impuesto va a las arcas generales de donde sale un excedente general que se canaliza como subsidio o servicio a la burguesía, el Estado, la cooperativa de los capitalistas, se transforma en una máquina de extraer plusvalía, en este caso por la vía indirecta, compitiendo con la misma burguesía. Ésta es la razón por la cual hasta los burgueses son capaces de protestar contra el aumento de impuestos a los más pobres: porque puede obligarlos a aumentar salarios.

Siendo una falacia en general, porque todo el edifico capitalista se sostiene con el trabajo de los obreros, la idea de que los pobres suelen pagar más impuestos que los ricos es correcta. Es decir, si se entiende por tal el que la masa de los impuestos sobre la plusvalía ya extraída (sobre la ganancia capitalista) es menor que el total de los impuestos sobre la fuerza de trabajo (que se transforma en una nueva extracción de plusvalía cuando no se trata de intercambios de servicios estatales por salarios). En EEUU, por dar un ejemplo del “primer” mundo, la situación varía mucho de estado a estado, pero la relación entre el monto pagado (en función del ingreso) por los pobres y el pagado por los ricos va desde 5,4 a 2,2. En Washington, el 20% más pobre paga 5,4 veces más impuestos que el 1% más rico; en Texas 3,3; en Nevada 4,2. Es desde ese punto de vista que debemos examinar las apelaciones “morales” al pago de impuestos: cuando un obrero se niega a pagar sus impuestos, no hace más que justicia; cuando un burgués no los paga, roba por segunda vez. Y desde ese punto se puede observar cómo la ley está hecha a medida del burgués, no sólo porque evadir impuestos es más fácil cuando se tiene un ejército de abogados para arreglar cualquier cosa, sino porque ese mismo ejército ayuda a “eludir” los impuestos. Evadir es un delito, eludirlos no. La elusión requiere habilidad para encontrar el vacío legal que permite transformar una obligación de pago en un derecho a no pagar.

Es este el lugar para examinar esa creencia en que todos los problemas se solucionan con una reforma tributaria progresista. Estas ilusiones llegan incluso al movimiento obrero que se dice “clasista”, como la CTA de De Gennaro. Supongamos que eliminamos los impuestos directos e indirectos sobre la Clase Obrera y hacemos recargar todos los gastos estatales sobre la burguesía. Significaría que obrero no sufriría ninguna amputación en el valor de su fuerza de trabajo y que recuperaría el valor de su fuerza de trabajo gastada en el intercambio por bienes de origen estatal (la educación pública, por ejemplo). El salario de bolsillo aumentaría para igualarse al valor de la fuerza de trabajo antes del pago de impuestos. Lo que puede ser una cifra importante: sólo la eliminación del IVA significaría cerca del 20% de aumento salarial (o un poco menos, teniendo en cuenta que el IVA no es igual para todos los bienes de la canasta básica), a lo que habría que sumarle los impuestos directos a muchos bienes consumidos por los obreros que tienen un peso importante, como los que gravan a los combustibles. Habría que sacar cuentas, pero el salario podría aumentar sustantivamente. ¿Qué sucedería? Habría una revolución burguesa inmediata. Pero supongamos que logramos contrarrestar la arremetida y mantenemos el poder en nuestras manos. Bien, al disminuir el valor de los bienes que se requieren para reproducir la fuerza de trabajo, el obrero vería bajar su salario a largo plazo, por ejemplo, por efecto de inflación, ¿O usted cree que la burguesía no va a aumentar los precios para resarcirse del peso de los impuestos? Supongamos que resistimos con éxito ese nuevo ataque. Teniendo que pagar impuestos muy elevados la burguesía se vería obligada a elevar la tasa de explotación a fin de recaudar más plusvalía, por ejemplo, aumentando la jornada de trabajo o intensificándola. Pero como nosotros nos las bancamos todas, también tenemos éxito en esto. La burguesía intentará entonces incrementar la plusvalía relativa, es decir, incrementar el uso del capital en contra del trabajo. Usted ya sabe: nosotros somos muy pesados y, por lo tanto, ésta tampoco va. Bien, la burguesía intentará exportar capitales, emigrar adonde el trabajo sea más fácilmente explotable, en especial donde se hacen cargo de los impuestos. Nada, nos los dejamos. Bien, a esta altura del asunto surge un problema técnico: si la masa de impuestos ataca no sólo el consumo improductivo, de los capitalistas sino la reproducción ampliada misma del capital, la tasa de ganancia, el capital se detendrá solo y el monto de los impuestos deberá adecuarse necesariamente so pena de un derrumbe general. Pero supongamos que somos guapos pero prudente y limitamos el problema al rédito particular del capitalista, es decir, no afectamos la acumulación de capital. Allí sucederán dos cosas: la primera, el enfrentamiento con otros capitales llevará a la corta o a la larga a atacar los salarios porque los capitalistas, que cuentan con las ventajas impositivas que los nuestros no tienen, acumularán más rápido y nos desplazarán de todos los mercados; la segunda, los capitalistas no tendrán ningún motivo para gestionar el capital como simples empleados del gobierno que los ha expropiado de hecho, aunque en letra sigan siendo “burgueses”. La primera alternativa no enfrenta a los límites materiales que, a cualquier estrategia impositiva, por progresista que pueda serle impone la acumulación de capital. La segunda nos enfrenta a los límites políticos de la expropiación de la burguesía. En ambos casos, la única forma de realizar una política redistribucionista real es la expropiación de los capitalistas. Lo que traslada el problema del campo de la reforma tributaria al de la revolución mundial.

NOTA: El presente texto es un fragmento del capítulo VI del libro “La cajita infeliz: Un viaje a través de la sociedad capitalista” de Eduardo Sartelli. Desde La Pipa Rota invitamos a su lectura.

La Pipa Rota. Por: Domingo Alberto Rangel

pipa

La Pipa Rota se complace en compartir la obra homónima del profesor Domingo Alberto Rangel (La edición original es de Hermanos Vadell Editores). El objetivo es  proporcionar un insumo que sirva para el análisis de la realidad política actual. Así, La Pipa Rota narra, entre otras cosas, el quiebre del modelo populista de CAP apoyado clientelarmente en los altos precios (relativos) del petróleo en su primer período de gobierno. Hoy, cuando en Venezuela sufrimos las consecuencias del mismo modelo populista (mucho más perfeccionado), consideramos que La Pipa Rota es una obra de referencia.

Queremos agradecer al compañero Andrés Rodríguez, conocido cariñosamente como “Peluca” (militante de la organización Bravo Sur), quien hizo un gran esfuerzo por digitalizar el libro para que estuviera al acceso de todos los revolucionarios de Venezuela.

“La Pipa se rompió, cesó la brujería, se desvaneció el embrujo y, al concluir el hechizo, fue derrotada la soberbia” 

Domingo Alberto Rangel – La pipa rota