El virus idiota. Por: Eduardo Sartelli

En la actualidad, una de las corrientes políticas más populares en el seno de las masas movilizadas, es la que se conoce como “autonomismo”, aunque suele responder también a “anti-capitalismo”, “anti-globalización” o “anarquismo”. Mientras la expresión “anti-capitalismo” no significa nada, igual que “anti-globalización”, (1) la denominación de “anarquismo” esconde una estafa política y una mentira histórica. Toni Negri, John Holloway, Paolo Virno, toda la caterva que desciende de Foucault, el autonomismo de las asambleas populares argentinas del 2002, las agrupaciones estudiantiles “independientes” y los MTD, gustan de coquetear con una trayectoria de lucha que les queda grande y a la que envilecen al mentarla como propia. Sigue leyendo

Macri y los despidos: Es el capitalismo argentino, estúpido. Columna radial de Eduardo Sartelli

El historiador y militante revolucionario Eduardo Sartelli analizó las medidas del gobierno de Mauricio Macri y las enmarcó dentro de la coyuntura económica que vive Argentina: “Sin la soja a U$S600, el Estado no puede sostener la masa de ´población sobrante´ absorbida durante la última década mediante el empleo estatal”.

Sartelli y Macri 5

En su columna radial en la emisora FRECUENCIA ZERO, Sartelli repasó el crecimiento histórico de la población que queda fuera del modelo productivo capitalista en Argentina, considerada “sobrante” en el actual sistema económico, y luego de criticar los despidos, exhortó a pensar en una solución desde una perspectiva socialista.

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678 y la invitación a la izquierda. Columna radial de Eduardo Sartelli

Eduardo Sartelli, militante revolucionario argentino perteneciente a la organización política Razón y Revolución y director del Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS) de la Universidad de Buenos Aires. En su columna radial en el programa CÓDIGO DE BARRAS transmitido por la emisora Frecuencia Zero FM (Argentina) demuestra como Mauricio Macri aplicará las “nuevas viejas políticas”, es decir, más de lo mismo. A la vez advierte sobre la posibilidad de que el Frente de Izquierda y los Trabajadores (FIT) (única opción real de la Clase Obrera argentina) termine actuando como apéndice de la oposición kirchnerista.

Desde La Pipa Rota, consideramos de mucha importancia el análisis de la coyuntura política actual de Argentina, entendiendo sus grandes similitudes con la de Venezuela y su relevancia en el marco de la lucha internacionalista de la Clase Obrera.

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La nueva batalla: Estructura vs Billetera. Columna radial de Eduardo Sartelli

Luego de las elecciones del pasado domingo 21 de noviembre, el historiador y militante revolucionario argentino Eduardo Sartelli, comentó en su columna semanal en el programa CÓDIGO DE BARRAS, reproducido todos los lunes en la emisora Frecuencia Zero FM (Argentina) , el escenario que le tocará enfrentar a Mauricio Macri a partir de su triunfo y las perspectivas para la Clase Obrera de ese país.

Desde La Pipa Rota, consideramos de mucha importancia el análisis de la coyuntura política actual de Argentina, entendiendo sus grandes similitudes con la de Venezuela y su relevancia en el marco de la lucha internacionalista de la Clase Obrera.

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¿Quién paga los impuestos?. Por: Eduardo Sartelli

El Estado se mantiene de varias maneras, la más común e importante es el cobro de impuestos. Son compulsivos, un hecho de fuerza, una imposición, de ahí que muchas revoluciones tienden a empezar como una rebelión contra los impuestos. Las otras fuentes de ingresos son los servicios públicos, los cánones por concesiones y permisos y el endeudamiento público. Pero por ahora no nos interesan. Vamos a concentrarnos en los impuestos, que siempre son motivo de protesta, primero porque hay que pagarlos y luego nadie sabe dónde van a parar.

En principio, y por ley, los impuestos deben ser pagados por todos. La “equidad tributaria”, el hecho de que el Estado debe ser “neutral”, obliga a que paguen todos. El pagar impuestos es constituyente de la ciudadanía y, en muchos lugares y durante mucho tiempo, era lo que deba derecho a votar. Habrá escuchado el lector en muchas películas yanquis como el ofendido ciudadano le grita al policía: “yo pago mis impuestos”. El ideal sistema impositivo burgués sería aquel en el cual se le cobra a cada uno el mismo monto impositivo, casi como la cuota de un club. Obviamente constituiría un abuso completo que a quien tiene fortunas incalculables se le cobre lo mismo que a cualquier infeliz. A ese tipo de impuestos suele llamárseles “regresivos”. Se dice, por ejemplo, que el IVA es un impuesto regresivo. Siendo un impuesto al consumo, que lo termina pagando el último eslabón de la cadena, tiende a hacer caer la carga impositiva total sobre la masa de la población, en especial a los más pobres. Es un impuesto que no contribuye a “igualar” a la población en términos económicos. Un impuesto “progresivo” sería el que produce ese efecto igualador: el impuesto a las ganancias, a los artículos de lujo, etcétera. En cualquier caso, sin embargo, el impuesto, lo pague quien lo pague, no es más que plusvalía. Si el que paga es un burgués, el impuesto no es más que una deducción de la plusvalía expropiada a los obreros. Cuando un burgués se queja de los impuestos protesta como si le hubiera sacado algo suyo y se olvida de que quien se lo saca no es más que la cooperativa de los capitalistas: el Estado, de la cual él mismo es socio. Se olvida también de que lo más probable es que esa cooperativa le retribuya con creces su aporte bajo la forma de “servicios” que, propagandizados como soluciones a problemas generales, son en realidad beneficios para la burguesía (como el “orden” y la “paz social”). También puede recibir esos beneficios en forma más directa con los subsidios a determinadas actividades o situaciones. ¿De qué se queja, entonces? De que se le ampute una porción de plusvalía. Es decir, como buen ladrón, no quiere compartir sus robos. Si el que paga es obrero, cualquier impuesto, progresivo o no, es una deducción del valor de su fuerza del trabajo, del salario. Cuando ese impuesto representa el pago por un servicio, es simple intercambio de fuerza de trabajo por ese servicio, pero cuando el impuesto va a las arcas generales de donde sale un excedente general que se canaliza como subsidio o servicio a la burguesía, el Estado, la cooperativa de los capitalistas, se transforma en una máquina de extraer plusvalía, en este caso por la vía indirecta, compitiendo con la misma burguesía. Ésta es la razón por la cual hasta los burgueses son capaces de protestar contra el aumento de impuestos a los más pobres: porque puede obligarlos a aumentar salarios.

Siendo una falacia en general, porque todo el edifico capitalista se sostiene con el trabajo de los obreros, la idea de que los pobres suelen pagar más impuestos que los ricos es correcta. Es decir, si se entiende por tal el que la masa de los impuestos sobre la plusvalía ya extraída (sobre la ganancia capitalista) es menor que el total de los impuestos sobre la fuerza de trabajo (que se transforma en una nueva extracción de plusvalía cuando no se trata de intercambios de servicios estatales por salarios). En EEUU, por dar un ejemplo del “primer” mundo, la situación varía mucho de estado a estado, pero la relación entre el monto pagado (en función del ingreso) por los pobres y el pagado por los ricos va desde 5,4 a 2,2. En Washington, el 20% más pobre paga 5,4 veces más impuestos que el 1% más rico; en Texas 3,3; en Nevada 4,2. Es desde ese punto de vista que debemos examinar las apelaciones “morales” al pago de impuestos: cuando un obrero se niega a pagar sus impuestos, no hace más que justicia; cuando un burgués no los paga, roba por segunda vez. Y desde ese punto se puede observar cómo la ley está hecha a medida del burgués, no sólo porque evadir impuestos es más fácil cuando se tiene un ejército de abogados para arreglar cualquier cosa, sino porque ese mismo ejército ayuda a “eludir” los impuestos. Evadir es un delito, eludirlos no. La elusión requiere habilidad para encontrar el vacío legal que permite transformar una obligación de pago en un derecho a no pagar.

Es este el lugar para examinar esa creencia en que todos los problemas se solucionan con una reforma tributaria progresista. Estas ilusiones llegan incluso al movimiento obrero que se dice “clasista”, como la CTA de De Gennaro. Supongamos que eliminamos los impuestos directos e indirectos sobre la Clase Obrera y hacemos recargar todos los gastos estatales sobre la burguesía. Significaría que obrero no sufriría ninguna amputación en el valor de su fuerza de trabajo y que recuperaría el valor de su fuerza de trabajo gastada en el intercambio por bienes de origen estatal (la educación pública, por ejemplo). El salario de bolsillo aumentaría para igualarse al valor de la fuerza de trabajo antes del pago de impuestos. Lo que puede ser una cifra importante: sólo la eliminación del IVA significaría cerca del 20% de aumento salarial (o un poco menos, teniendo en cuenta que el IVA no es igual para todos los bienes de la canasta básica), a lo que habría que sumarle los impuestos directos a muchos bienes consumidos por los obreros que tienen un peso importante, como los que gravan a los combustibles. Habría que sacar cuentas, pero el salario podría aumentar sustantivamente. ¿Qué sucedería? Habría una revolución burguesa inmediata. Pero supongamos que logramos contrarrestar la arremetida y mantenemos el poder en nuestras manos. Bien, al disminuir el valor de los bienes que se requieren para reproducir la fuerza de trabajo, el obrero vería bajar su salario a largo plazo, por ejemplo, por efecto de inflación, ¿O usted cree que la burguesía no va a aumentar los precios para resarcirse del peso de los impuestos? Supongamos que resistimos con éxito ese nuevo ataque. Teniendo que pagar impuestos muy elevados la burguesía se vería obligada a elevar la tasa de explotación a fin de recaudar más plusvalía, por ejemplo, aumentando la jornada de trabajo o intensificándola. Pero como nosotros nos las bancamos todas, también tenemos éxito en esto. La burguesía intentará entonces incrementar la plusvalía relativa, es decir, incrementar el uso del capital en contra del trabajo. Usted ya sabe: nosotros somos muy pesados y, por lo tanto, ésta tampoco va. Bien, la burguesía intentará exportar capitales, emigrar adonde el trabajo sea más fácilmente explotable, en especial donde se hacen cargo de los impuestos. Nada, nos los dejamos. Bien, a esta altura del asunto surge un problema técnico: si la masa de impuestos ataca no sólo el consumo improductivo, de los capitalistas sino la reproducción ampliada misma del capital, la tasa de ganancia, el capital se detendrá solo y el monto de los impuestos deberá adecuarse necesariamente so pena de un derrumbe general. Pero supongamos que somos guapos pero prudente y limitamos el problema al rédito particular del capitalista, es decir, no afectamos la acumulación de capital. Allí sucederán dos cosas: la primera, el enfrentamiento con otros capitales llevará a la corta o a la larga a atacar los salarios porque los capitalistas, que cuentan con las ventajas impositivas que los nuestros no tienen, acumularán más rápido y nos desplazarán de todos los mercados; la segunda, los capitalistas no tendrán ningún motivo para gestionar el capital como simples empleados del gobierno que los ha expropiado de hecho, aunque en letra sigan siendo “burgueses”. La primera alternativa no enfrenta a los límites materiales que, a cualquier estrategia impositiva, por progresista que pueda serle impone la acumulación de capital. La segunda nos enfrenta a los límites políticos de la expropiación de la burguesía. En ambos casos, la única forma de realizar una política redistribucionista real es la expropiación de los capitalistas. Lo que traslada el problema del campo de la reforma tributaria al de la revolución mundial.

NOTA: El presente texto es un fragmento del capítulo VI del libro “La cajita infeliz: Un viaje a través de la sociedad capitalista” de Eduardo Sartelli. Desde La Pipa Rota invitamos a su lectura.

Socialismo o barbarie. Por: Eduardo Sartelli

La crisis de los migrantes sirios y la descomposición capitalista

Finalmente, ese cuerpito inmóvil, es el punto de llegada de la impotencia histórica de una clase obrera que, del nacionalismo árabe al fundamentalismo religioso, no ha podido construir un partido propio que plantee una solución revolucionaria.

La foto de un niño muerto en una playa hizo tambalear a toda Europa. ¿Qué tenía de peculiar, de especial, algo que de tan repetido no tendría que haber llamado la atención? Que es el punto más elevado de una crisis que no cesa de elevarse. Empezó en los ’70, como crisis de rentabilidad. Recibió un poco de aire en los ’80, con la reacción conservadora, cuyo logro más importante fue el desmantelamiento del “Segundo” Mundo, con la caída de los regímenes seudo-socialistas. Se infló a niveles de triunfalismo en los ’90, con la expansión del capital ficticio. Se escondió a duras penas, con una nueva oleada de burbujas financieras e inmobiliarias a comienzos del siglo XXI y se ilusionó, una vez que el estallido fue inevitable, con un nuevo “motor” capitalista: China. Todavía no sabemos a dónde nos lleva el próximo paso, pero sí podemos hacer un recuento, breve, de la gigantesca destrucción social que la crisis capitalista ha producido hasta el día de hoy. Se verá, entonces, que ese pequeño cuerpo se balancea, no en una playa, sino en el vértice de una gigantesca montaña de miseria y muerte.

Reacción conservadora y relocalización capitalista

La crisis que comienza a fines de los ’60 es sencilla de explicar, difícil de medir e imposible de imaginar en toda su dimensión. Se explica fácil: la larga expansión posterior a la Segunda Guerra Mundial se debió al empuje combinado sobre la tasa de ganancia de varios factores, en particular, las altas tasas de explotación dejadas por la guerra, la fantástica innovación tecnológica que ella aportó y la enorme destrucción de capital sobrante. En ese contexto, con mercados renovados, nuevos procesos tecnológicos que disparan la productividad y una fuerza de trabajo abaratada en sus componentes materiales, pero también en los histórico-sociales, la tasa de ganancia se eleva a niveles fabulosos. Los capitalistas invierten y el sistema crece sostenidamente a gran velocidad. Esa misma inversión aumenta la composición orgánica del capital (más capital, menos trabajadores) y lleva un descenso marcado de la tasa de ganancia tras más de veinte años de expansión. La crisis se inicia porque la fiebre de inversiones que caracterizó al inicio de la onda, se estanca y cae. Con ella, todo el sistema, que sólo puede recuperarse relanzando la tasa de ganancia. Como el lector puede darse cuenta, decirlo es fácil, hacerlo no: implica una nueva guerra de clases, como la que se necesitó para salir de la crisis de los ’30 (dos guerras mundiales, nazismo, fascismo, etc.).

Esta crisis es distinta de las anteriores en la forma en que se procesa. De cada una de estas crisis, el sistema puede salir y relanzarse, o caer y ser reemplazado por otro. Parcialmente, la Revolución rusa se inscribe en el comienzo del proceso de la crisis de los ’30, igual que, en el otro extremo de la onda, la Revolución China. Esta última crisis también comienza con una derrota, Vietnam. No tiene, sin embargo, la magnitud adecuada y va, además, acompañada de la derrota de todas las expresiones revolucionarias de la periferia capitalista, en particular, en América Latina, sur de Europa y África. De modo que la burguesía puede recomponerse rápidamente en términos políticos, a partir de Reagan y Thatcher, que se enfrentan a un proletariado adormecido por décadas de reformismo. No puede, sin embargo, lanzarse a grandes combates de clase: en los años ’30, una vasta base de masas pequeño-burguesas (“clase media” y “campesinado”) podía ser utilizada como ariete contra el proletariado. Ahora, luego de tres décadas de polarización social, la masa proletaria no podría ser enfrentada eficazmente si se la forzara a unirse ante un ataque violento a gran escala. De allí que la primera estrategia es el desgaste. La erosión permanente de posiciones, que va dando, lentamente, un proceso de degradación creciente en la clase obrera de los países centrales. Un elemento útil para aceitar el proceso es la inmigración, sobre todo clandestina, que crea una nueva capa proletaria en competencia con la “tradicional”.

El otro elemento sustantivo es la innovación tecnológica, que permite, robotización mediante, destruir atributos productivos y abaratar la fuerza de trabajo, al mismo tiempo que crea una masa de desocupados que se suman a la mano de obra migrante para presionar hacia abajo los salarios. Pero lo que ha estimulado más este proceso de degradación, es la relocalización del capital en los países que tienen gigantescos bolsones de mano de obra regalada, escondida bajo la forma de desocupación latente rural. La crisis, al tiempo que reconfigura a la clase obrera de los países centrales, crea una nueva periferia “próspera”: México, Brasil, China, India, Vietnam, etc. Allí, represión política y desocupación abundante recrean el paraíso de plusvalía absoluta que caracterizó a los inicios de la revolución industrial.

Exacerbada la competencia por la crisis, los bloques capitalistas buscan aumentar su parte en el mercado mundial. Se reproduce, entonces, aunque bajo otras formas menos abiertas, una creciente disputa interimperialista. No se trata del escenario de 1914, en el que cada uno aspira al dominio, en un contexto de relativa paridad de fuerzas. Hoy está claro que EE.UU. no puede ser desafiado por nadie, pero también que su poder económico respalda cada vez menos un poder militar menguante. No hay una confrontación abierta, pero ello no logra ocultar que, detrás de una apariencia de acuerdos de “caballeros”, se extiende una guerra sorda por el control de áreas claves, como Medio Oriente y su petróleo. EE.UU, Europa, Rusia y China están metidos en un proceso que comenzó con la guerra entre Iraq e Irán y culminó con la caída de Sadam Husseim, proceso por el cual el imperialismo yanqui se garantizó allí una presencia dominante mediante una victoria a lo Pirro, en la que está empantanado. Luego de dos décadas de intervención permanente, el resultado de la política yanqui fue la destrucción de dos estados (Afganistán e Iraq) y el debilitamiento de otros dos (Turquía y Pakistán), amén de la crisis que introduce en su relación con dos más (Israel y Arabia Saudita). En ese mar revuelto es en el que intentan pescar, desde hace una década al menos, chinos y rusos. Este cuadro ya complejo, vino a estallar por una de las consecuencias de la crisis capitalista en la periferia: la primavera árabe.

El fin de una experiencia nacional y la implosión estatal

Todo el arco que va desde Siria hasta Marruecos protagonizó, después de la Segunda Guerra Mundial, un proceso de constitución/consolidación de estados nacionales, dominados por la idea del pan-arabismo. Héroes nacionales que llegaron a coquetear con el socialismo y que le dieron incluso nombre a variantes de nacionalismo tercermundista (el nasserismo, por ejemplo), lograron construir, sobre todo a través del petróleo, coaliciones políticas inestables pero duraderas, donde las fuerzas armadas resultaban un eje inevitable, dada la debilidad de las burguesías locales y el carácter necesariamente represivo de cara a las masas. Su posición en la Guerra Fría les aseguraba, además, cierta importancia geopolítica. Cincuenta años después, la crisis encuentra a estas experiencias en estado de agotamiento: sociedades que se expandieron al estímulo de una renta (la petrolera), que encuentra un límite en su capacidad de compensación del atraso relativo, que sufren duramente la expansión de otra (la agrícola) bajo la forma de aumento del precio de los alimentos que son importados, y que termina por explotar cuando Europa, el desagote de la creciente masa de desocupados, entra ella misma en crisis.

La rebelión de las masas en ese enorme arco del que hablamos, dio por resultado la caída no sólo de regímenes políticos enteros, sino un proceso de debilitamiento estatal que, en algunos casos, llega a su descomposición: Siria. El proceso de “desestatalización” de Medio Oriente, provocado por el imperialismo viene, entonces, a sumarse a este otro, que proviene desde los confines africanos. En ese escenario aparece Isis, para coronar la descomposición estatal generalizada.

El imperialismo en el pantano de Medio Oriente

Esta descomposición generalizada coloca, tanto al imperialismo como a la clase obrera en un pantano. La destrucción estatal operada por el imperialismo yanqui liberó enormes masas de personal político militar a la aventura, desde Al Qaeda hasta Isis, pasando por los restos del ejército iraquí fiel a Sadam. Esos restos estatales descompuestos y dispersos, entraron en las pugnas interburguesas de Medio Oriente, recibiendo financiamiento para operar como ejércitos mercenarios, tanto por los cuatro imperialismos que intentan controlar la zona, como por las burguesías locales más poderosas, desde la israelí hasta la saudita. La expansión de la “desestatalización” provocada por la crisis siria aumentó las posibilidades de aventura y la autonomía de estos grupos, a los que nadie puede (ni quiere) ponerles freno.

La primavera árabe libera masas que se transforman, a la corta o a la larga, en base política de estos emprendimientos seudo-estatales, como Isis, generando un caos completo. Isis se expande con una política básicamente depredatoria, que no construye ni puede construir un estado que estabilice las relaciones sociales. Es expresión de la descomposición general, más que de su superación. Los turcos no pueden ponerle freno, atrapados entre su crisis interna y el problema kurdo. Los kurdos no tienen con qué, por más recursos norteamericanos que reciban. Israel no puede meterse, so pena de unificar a todos en su contra. Siria ya no existe. Iraq y Afganistán tampoco. Arabia Saudita no tiene interés ni puede, por su composición de clase, establecer relaciones con las masas de Medio Oriente. Se entiende por qué EE.UU busca una alianza con Irán, el único estado que queda en la zona y que tiene relaciones con las masas de la región.

Socialismo o barbarie

Las masas de Medio Oriente y del norte de África, hasta ahora no han hecho otra cosa que servir de base de masas del proceso de descomposición estatal. La clase obrera de ese arco que hemos trazado, no ha podido organizar una política propia, independiente de la burguesía. El resultado es sencillo: se trata de plegarse a una de las infinitas facciones que se disputan sin fin la hegemonía en la región o, lisa y llanamente, huir. De allí que la última oleada de fugitivos tenga su origen en el punto de la región donde todo se expresa más agudamente: Siria. Finalmente, ese cuerpito inmóvil, es el punto de llegada de la impotencia histórica de una clase obrera que, del nacionalismo árabe al fundamentalismo religioso, no ha podido construir un partido propio que plantee una solución revolucionaria.

La consecuencia la trazó hace mucho tiempo Rosa Luxemburgo, en una disyuntiva que ha sido interpretada muchas veces como una exageración romántica. Sin embargo, es tan real como lo que estamos viendo todos los días: en ausencia de una salida socialista, el problema de los inmigrantes es la expresión de la barbarie que emerge cuando el capitalismo se agota. Quien crea que esto solo se limita a Medio Oriente, se equivoca.

La debacle del chavismo y las necesidades de la clase obrera venezolana. Por: Eduardo Sartelli

sartelliLa estructura económica venezolana, como la ecuatoriana, la boliviana y la argentina, tienen una matriz común: las cuatro dependen de la renta (petrolera, gasífera, agraria). A partir de esa base común se organizan sistemas productivos relativamente sencillos, incluso en el caso argentino, el más complejo de todos ellos. Son capitalismos chicos, que compensan su atraso relativo, es decir, la menor productividad del trabajo que impera en sus fronteras, con los ingresos extra que supone el monopolio del elemento fuente de renta. De allí que, históricamente, las diferentes clases y fracciones que componen la estructura social (incluyendo al capital extranjero) construyen, destruyen, arman y desarman alianzas en torno a la disputa de la renta. El reformismo, cualquiera sea la forma ideológica que asuma, tiene, en estos países, su base en alianzas entre fracciones burguesas, pequeño-burguesas y obreras, cuya función consiste en apelar al “pueblo” como masa de maniobra en las disputas intra-burguesas. El chavismo, el masismo, el peronismo, eso que algunos llaman “populismo”, son la expresión fenoménica de estos procesos. Sigue leyendo