A propósito de Venezuela y la crítica marxista. Por: Rolando Astarita

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En la nota anterior (aquí), dedicada a la situación en Venezuela, sostuve la necesidad de que los trabajadores rompan políticamente con el chavismo y la oposición burguesa. Planteé asimismo que el movimiento de masas ha sido llevado a la desmoralización y la frustración, y que de esta situación no se sale con la mera agitación de consignas. Esto es, no hay manera de superar la adhesión de los trabajadores y amplios sectores populares a las fuerzas burguesas hegemónicas con llamados a la movilización, sea por consignas económicas o políticas inmediatas (del tipo de Asamblea Constituyente, por caso). Por eso dije que la tarea de la hora es la crítica.

Pues bien, esta posición ha sido criticada fuertemente por un lector del blog. En un “comentario” mi crítico sostiene que no dejo espacio para “la praxis de la vanguardia obrera”; que por lo tanto abogo por un “esteticismo contemplativo”, ajeno al marxismo, el leninismo y la revolución; y que incurro en un pesimismo del tipo de Adorno. Dado que esta postura es compartida por mucha gente de la izquierda, vale dedicar unas líneas al asunto.

La cuestión central es que, dada la naturaleza del programa marxista, la lucha contra las ideologías burguesas y pequeño-burguesas ocupa un puesto de primer orden en la actividad “práctica” de los marxistas. La vieja idea de Marx de que “el arma de la crítica debe preceder a la crítica de las armas” tiene que ver con esto. No es posible hacer revoluciones si previamente la crítica no ha socavado lo existente. Por eso también Engels decía que la tarea de los socialistas se debía desarrollar en tres planos: la lucha económica, la política y la ideológica. Idea que fue recogida por Lenin en su famoso folleto “¿Qué hacer?”. Es un enfoque inherente al contenido subversivo –radicalmente crítico– del marxismo. Por eso no es de extrañar que acerca de esta cuestión los marxistas siempre hayan sido criticados por “los prácticos”: Lasalle a Marx; Bernstein a Rosa Luxemburgo; el menchevismo de conjunto a Lenin. Todos los “prácticos” hicieron el mismo pedido: dejar de lado la crítica teórica, y concentrarse en recetas “factibles” que “den solución aquí y ahora a los problemas de las masas”. Es el camino de la adaptación a lo existente. Puede advertirse entonces que estamos ante dos concepciones antagónicas de “la praxis de la vanguardia obrera”.

Naturalmente, el rol de la crítica entre las tareas de los socialistas se acrecienta en los períodos de reacción. Así, hubo años en los cuales el acento de los marxistas estuvo puesto en esa tarea de crítica, casi por encima de cualquier otra cosa. Un caso ilustrativo es la orientación del partido Socialdemócrata ruso entre 1907 y 1912, cuando puso a la orden del día “la lenta tarea de educar, instruir y organizar al proletariado” (Lenin en “Consignas y organización dentro y fuera de la Duma”, 8/12/1911). En el mismo sentido:

“La crítica es necesaria siempre, independientemente de la ‘posibilidad de acciones’, incluso cuando se sabe a ciencia cierta que las acciones de las masas son imposibles. Vincular la posibilidad de acciones con la crítica significa mezclar la línea del marxismo, siempre obligatoria, con una de las formas de lucha (particularmente elevada)” (“La diplomacia de Trotsky y cierta plataforma” (8/12/1911). Pueden revisarse muchos otros textos del período, en los que Lenin plantea la misma orientación. Es que hay coyunturas en que muchas acciones de masas son “imposibles”, prima la confusión en el movimiento y es necesario concentrar esfuerzos en la clarificación. Pero este es el punto que rechaza hoy la mayor parte de la izquierda. Para esta gente el arte de la política pasa por agitar siempre alguna fórmula milagrosa de soluciones. Y la receta táctica se repite desde hace décadas, siempre con los mismos magros resultados.

Por supuesto, no quiero imponer aquí un argumento de autoridad. Cito la experiencia leninista (también fue la de Marx y Engels) simplemente porque muestra una manera distinta de hacer política de la que es habitual en la izquierda, y porque pienso que es más acertada. Es más acertada porque las luchas sociales o políticas están condicionadas por las perspectivas más generales del movimiento de masas, y por sus ideologías, convicciones o creencias. Por eso no basta con llamar a luchar para superar al capitalismo. Y esto tiene mayor relevancia en una situación como la venezolana de hoy, donde millones de seres humanos están pasando hambre, luchan por su supervivencia y han sido llevados a la frustración y desmoralización. No es casual que la clase obrera no haya tenido arte ni parte en la reciente crisis política. Debería entenderse que es imposible provocar, por la sola voluntad del marxista, la ruptura de las masas trabajadoras con la burguesía y/o el mando militar y burocrático chavista.

Pero además, amplias franjas de la vanguardia (entendiendo por “vanguardia” la gente más activa y politizada, con inclinación de izquierda) son partidarias del chavismo. Esto es, adhieren a la estrategia y el programa que han desembocado en la crisis actual. Por lo tanto, la primera tarea del marxismo es convencer a la vanguardia de izquierda de la necesidad de romper ideológica y políticamente con el chavismo (y mantener la independencia política con respecto a la oposición del MUD). Lo cual refuerza la idea de que la crítica debe pasar a primer plano.

Algunos dicen que eso es “mera propaganda”. Sin embargo, hoy, en Venezuela, y para usar una expresión de Lenin, “es la labor práctica revolucionaria del más alto grado”. Es necesario explicar pacientemente el carácter de clase de las fuerzas burguesas hegemónicas y del Estado venezolano. Explicar, por ejemplo, que un militar-burócrata chavista, que se ha llenado los bolsillos con el saqueo de las arcas públicas (o que miró para otro lado mientras sus camaradas lo hacían) no es un “compañero confundido”, sino un enemigo de cualquier forma de acción independiente de los explotados. O que la “táctica proceso” (el “participar desde adentro” en el chavismo) no es más que otra manifestación del eterno oportunista acostumbrado “a sentarse entre dos sillas” y eludir toda preocupación por los principios (la formulación, una vez más, es de Lenin; véase “La estructura social del poder”, marzo 1911). Y que los cantos de sirena de la oposición burguesa no son alternativa válida para la clase obrera. Todo esto exige educar, instruir, criticar, para dar lugar a la organización.

No es una tarea fácil. Nadamos contra la corriente de la extensa izquierda-progre-nac&pop y stalinista. Para colmo, el “socialismo práctico” de toda la vida nos aconseja dejar de lado la imprescindible crítica. Es otra realidad que debemos asumir. Es un síntoma del retroceso que han sufrido las ideas más elementales del marxismo.

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