A propósito de negociados y corrupción, un texto de Marx. Por: Rolando Astarita

La corrupción está de nuevo, en Argentina, en los primeros planos del debate. En una nota anterior (aquí y aquí), la hemos tratado a partir de su relación con la acumulación de riqueza y el Estado. Escribíamos: “Los mecanismos de la corrupción posibilitan que fracciones del capital mejoren sus posiciones frente a sus competidores, y también que personajes carentes de recursos se conviertan, casi de la noche a la mañana, en grandes capitalistas. Es una historia repetida, que reconoce tres pasos característicos: el saqueo originario, el blanqueo del dinero…  y la puesta en marcha del negocio legalizado”.

Dado que los fraudes desde el Estado –la obra pública es una vía tan tradicional como privilegiada- representan desvíos de flujos de plusvalía, alimentan constantemente la deuda pública. Esta, a su vez, da lugar a nuevos negociados y enriquecimientos; lo que a su vez incrementa la deuda, en una espiral creciente. Por eso, periódicamente estos estropicios pueden llevar, en países atrasados, a defaults, con los que se liquidan valores insostenibles y se descarga la crisis en el pueblo… para volver a empezar con la ronda de fraudes, negociados y más deuda pública. Aunque no se trata solo de negociados con la obra pública; también está el Estado haciendo la vista gorda en el tráfico de drogas, de personas, de armas y otros “bienes y servicios”. Y la evasión o elusión de impuestos, vía paraísos fiscales (ver aquí) u otras maniobras. A lo que hay que sumar los negociados financieros y cambiarios. En este último respecto, el caso reciente más brutal fue la venta de dólares a futuro, en los últimos meses del gobierno K, por el Banco Central, a un precio mucho más bajo que el que regía en el mercado. Una operación que da lugar a que más de 70.000 millones de pesos (equivalentes a casi 5000 millones de dólares) estén siendo transferidos desde el sector público a los bolsillos de inversores privados “avisados”.

Por lo tanto, un enfoque que parta del carácter de clase del gasto y la deuda pública, y de los intereses de clase que se juegan en esos fraudes y maniobras especulativas, debería ayudar a entender por qué no existe diferencia cualitativa entre lo que roba y coimea el “capital-estatista” puesto a funcionario nacional y popular; y lo que roba y coimea el “neoliberal-agente de los yanquis y del capital financiero”, puesto a funcionario del Estado “serio y responsable”. Y que tampoco hay diferencia entre el enriquecimiento súbito de los “inversores avisados” que posibilita el primero, y el que posibilita el segundo.

A los fines de sumar elementos de juicio que ayuden a ese necesario abordaje materialista, en lo que sigue presento un resumen de la crítica de Marx –en Las luchas de clases en Francia– a las políticas asociadas a las deudas del Estado y el déficit público en Francia. El lector podrá advertir que, por debajo de las adaptaciones de época lógicas y necesarias, la esencia permanece. En Argentina siglo XXI se trata de “la misma prostitución, el mismo engaño desvergonzado, la misma sed de riquezas, no por la producción, sino por el escamoteo de la riqueza ya existente de otros” de las que hablaba el autor de El Capital al describir los gobiernos franceses de mediados del siglo XIX.

El reinado de los banqueros y la deuda pública

En Las luchas de clases en Francia Marx analiza el régimen de Luis Felipe, la revolución de 1848, y los gobiernos y conflictos posteriores que llevaron al triunfo de Luis Bonaparte. Comienza señalando que con Luis Felipe no había reinado la burguesía francesa, sino una fracción de ella, los banqueros, los grandes inversores de la Bolsa, los magnates de los ferrocarriles, de las minas de carbón y hierro, y de la gran propiedad rural; lo que se conocía como la “aristocracia financiera”. Esta aristocracia dominaba el Estado, al que utilizaba como palanca para el enriquecimiento: “Instalada en el trono, dictaba leyes a las Cámaras, distribuía cargos públicos, desde los ministerios hasta las ventas de tabaco”.

Encontramos aquí un análisis de clase del manejo del Estado, a partir del cual se comprende la deuda pública. Esta no surge del aire, ya que es funcional a las maniobras de enriquecimiento de la aristocracia financiera: “Desde el comienzo, la penuria financiera puso a la monarquía de julio bajo la dependencia de la alta burguesía”. Una dependencia que sería “fuente inagotable de un creciente malestar financiero”. Y aquí Marx hace una observación fundamental: “Es imposible subordinar la gestión del Estado al interés de la producción nacional, sin establecer el equilibrio del presupuesto, es decir, el equilibrio entre los gastos y los ingresos del Estado” (énfasis añadido). Por este motivo, la burguesía industrial, la clase obrera y los pequeños propietarios, pedirán el “gobierno barato”.

Sin embargo, era imposible lograr el equilibrio sin herir los intereses de los que eran “sostenes del sistema dominante y sin reorganizar la distribución de impuestos”, esto es, sin descargar el costo fiscal sobre la misma gran burguesía. Pero la alta burguesía tenía un interés directo en el endeudamiento, ya que “el déficit del Estado era el objeto mismo de [las] especulaciones [financieras] y el puesto principal de su enriquecimiento”. Es que cada nuevo empréstito –que se renovaba cada cuatro o cinco años- daba lugar a nuevas oportunidades para esquilmar al Estado, al que se mantenía siempre al borde de la bancarrota: “Cada nuevo empréstito daba una nueva oportunidad para desvalijar al público que colocaba sus capitales en rentas sobre el Estado, por medio de operaciones bursátiles, en el secreto de las cuales estaban iniciados el Gobierno y la mayoría de las Cámaras”.

De esta manera los especuladores se aprovechaban de las fluctuaciones violentas de los precios de los títulos, y el déficit se mantenía elevado. “Siendo el déficit presupuestario de interés directo de la fracción de la burguesía en el poder, se explica el hecho de que el presupuesto extraordinario, en los últimos años del gobierno de Luis Felipe, haya sobrepasado en mucho al doble de su monto bajo Napoleón…”. De manera que el déficit es funcional a los intereses “de la fracción de la burguesía en el poder”. La idea se refuerza enseguida: “Además, pasando de esa manera enormes sumas entre las manos del Estado, daban lugar a fraudulentos contratos de entrega, a corrupciones, a malversaciones y estafas de todo tipo”. Un saqueo de los fondos públicos que “se renovaba en detalle en los trabajos públicos”. De ahí que la obra pública, las construcciones de líneas ferroviarias, los gastos públicos en general, se constituyeran en otras tantas fuentes de enriquecimiento. “Las Cámaras [legislativas] arrojaban sobre el Estado las cargas principales y aseguraban el maná dorado a la aristocracia financiera especuladora”. No existe, por parte de Marx, la menor concesión a los empresarios, fueran contratistas de obra pública o inversores en ferrocarriles, que se enriquecían gracias a sus vínculos con el Estado. La situación de conjunto es descrita en los siguientes términos:

“En tanto que la aristocracia financiera dictaba leyes, dirigía las gestiones del Estado, disponía de todos los poderes públicos constituidos, dominaba la opinión pública por la fuerza de los hechos y por la prensa en todas las esferas, desde la Corte hasta el café borgne [lugar de reunión de gente de negocios] se reproducía la misma prostitución, el mismo engaño desvergonzado, la misma sed de riquezas, no por la producción, sino por el escamoteo de la riqueza ya existente de otros”. En otros términos, no había generación de valor y riqueza por incremento de la base productiva, sino saqueo, traspaso de riqueza de unas manos a otras (puede enriquecerse este análisis con los conceptos de trabajo productivo e improductivo que Marx desarrollaría luego en El Capital). Sigue el texto:

“Especialmente en la cúspide de la sociedad burguesa es donde la hartura de las concupiscencias más malsanas y más desordenadas se desencadenaba y entraba a cada instante en conflicto con las leyes burguesas mismas, pues allí es donde la fruición del goce se hace crapuleuse, donde el oro, el lodo y la sangre se mezclan con toda naturalidad. La aristocracia financiera, en su modo de ganancias como en sus goces, no es otra cosa que la resurrección del proletariado del hampa en las cimas de la sociedad burguesa”.  “Proletariado del hampa” puede leerse como el lumpen; es posible que este pasaje haya inspirado a autores muy posteriores (Baran, Gunder Frank) a hablar de la “lumpen burguesía” para referirse a formas parasitarias de enriquecimiento de fracciones de la clase dominante.

El gobierno surgido de la Revolución de Febrero

El análisis de Marx sobre la política del Gobierno “de unidad nacional” surgido del triunfo de febrero de 1848, con respecto a la deuda, conserva el mismo sesgo crítico, a pesar de que “la revolución era dirigida ante todo contra la aristocracia financiera”. Después de señalar que el crédito público descansa sobre la creencia de que el Estado se deja explotar por los prestamistas, y que la lucha de la clase obrera pone en cuestión esa credibilidad, Marx apunta que a fin de eliminar toda sospecha sobre la voluntad de cumplir con las deudas dejadas por el régimen anterior, el Gobierno pagó a los acreedores antes de que vencieran los plazos legales de reembolso. Es el argumento que se repetiría una y otra vez, asegurar a los capitalistas que se cumplen los contratos. “El aplomo burgués, la seguridad de los capitalistas, se despertaron bruscamente cuando vieron la presurosa ansiedad con la cual se trataba de comprar su confianza”.

Pero esto agravó la situación financiera del Gobierno provisorio. Y como el déficit de algún lado hay que cubrirlo, el Gobierno descargó el peso sobre los pequeños burgueses, los empleados y los obreros. Los depósitos en caja de ahorro que superaban los 100 francos fueron declarados no reembolsables en dinero, y se entregaron bonos del Tesoro en su lugar. Bonos que los ahorristas se vieron obligados a vender a los financieros contra los que se había hecho la Revolución de Febrero. El Gobierno también transformó los bancos provinciales en sucursales del Banco de Francia, al que concedió un empréstito garantizado con una hipoteca sobre los bosques fiscales. Y por último, aumentó el impuesto a los campesinos. “Los campesinos son los que tuvieron que pagar los gastos de la Revolución de Febrero y entre ellos la contrarrevolución tomó su principal contingente”.

En conclusión, en este análisis el déficit y la deuda pública no caen del cielo. Son explicados en un contexto social preciso, el modo de producción capitalista, y responden a lógicas de clase definidas. La corrupción, asociada al gasto público y la deuda, debería abordarse desde la misma perspectiva.

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