El golpe de timón como plegaria. Por: Pedro Antillano Gómez

Entre las propuestas que comúnmente se encuentran en el debate político nacional está la constante exigencia a que el gobierno aplique el golpe de timón. Un grueso de la militancia afecta al proceso bolivariano resume en esta consigna su creencia de que los problemas inherentes a la profunda crisis por la que está pasando el país se pueden resolver partiendo por forzar al gobierno a que tome medidas radicales. En dicho clamor no estiman que esta dirigencia ya no se encuentra ligada a los intereses que encarnan dichas medidas, no internalizan que dentro del gobierno ya no hay interlocutores de izquierda cónsonos con un programa revolucionario.

Esta fórmula responde en parte al condicionamiento de la militancia a un esquema de gobernabilidad centralizado líder-masas propio del populismo, aparte de que entre el líder y la masa hay una importante fracción burocrática y sectores burgueses que han creado el caldo de cultivo ideológico y social que sigue determinando parte de los planteamientos de su base social y mantiene su reproducción en los sectores críticos que surgen en esta etapa crítica del proceso.

La plegaria del golpe de timón que pregona esta izquierda, aun con ciertos diagnósticos serios, se sigue amparando en esas  tesis desgastadas de que “el líder está engañado”, de que “no están las condiciones” y que “luego de las elecciones, el presidente va sacar providencialmente su carta bajo la manga”. No se termina de internalizar que la resistencia del gobierno a la radicalización responde a los límites materiales que les impone su base de acumulación y que la misma ha llegado a tal punto que su condición de “arbitro” exterior al conflicto no tiene el mismo margen de maniobra inicial hoy por hoy. Tocar los intereses de la derecha exógena es tocar los de la derecha endógena, la inacción, inoperancia, ineficiencia responde a la protección a los intereses dentro y fuera de los límites del Estado. Cuando la izquierda, atrapada en la incomprensión de este fenómeno, no encuentra otra forma de direccionar su política que haciendo estos deplorables llamados, expresa su profunda desconfianza y subestimación de las masas, además de su incapacidad de desarrollar un real proceso de impugnación al poder y desarrollar una  política más allá de la negociación politiquera y la farsa electoral en la que quieren concentrar la respuesta a todos los problemas la crisis.

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